Al cabo de un rato, un sirviente avisó al rey de que había un sapo en la puerta que pedía comer con la princesa. El rey dejó que pasara, y al contarle el sapo lo sucedido, ordenó a su hija que cumpliera lo prometido. Así que el sapo comió con ella, aunque a ella le dio mucho asco y apenas comió aquel día.
Cayó la noche y, cuando la princesa se iba a la cama, el sapo exigió dormir con ella. Accedió con asco, y cuando estaban acostados el sapo reclamó un beso. Dice el cuento que la princesa estaba jugando con su pelota de oro junto a un río, hasta que se le escapó y se le cayó al agua. Un sapo oyó sus sollozos, asomó la cabeza y le preguntó por la causa de su pena. Entonces se ofreció a devolverle la pelota de oro con esta condición: que ella lo tomaría como compañero. El sapo le explicó que ella tendría que llevarlo a su casa, sentarlo a su mesa, darle de beber de su vaso, comer del mismo plato, acostarlo a su lado en su cama y besarlo cuando él se lo pida. La princesa, sin pensarlo media vez, se lo prometió. El sapo se zambulló en el agua y le devolvió la pelota. Y al pedirle que lo lleve a su casa, la princesa echó a correr, llegó al palacio y se puso a comer con sus padres, el rey y la reina.
Cayó la noche y, cuando la princesa se iba a la cama, el sapo exigió dormir con ella. Accedió con asco, y cuando estaban acostados el sapo reclamó un beso. La princesa, cerrando los ojos con fuerza, arrugando la nariz y sintiendo que la garganta se le volvía del revés, lo besó. Entonces el sapo se convirtió en un hermoso príncipe. Y en un instante se enamoraron amorosísimamente para siempre...
Así llegamos nosotros, que nos creímos la metáfora y pensamos, si la princesa pudo transformar el sapo en un príncipe, nosotros también podríamos transformar a quien sea que llegara a nuestro lado... y aunque a ninguna en su sano juicio se le ocurriría ir al lago a buscar sapitos para besar, se nos ocurrió ir a cualquier otro lugar y comenzamos a besar y dejarnos besar por otros... pensando que eran sapos a punto de convertirse en príncipes... y así entre besos, creyendo que el otro era un sapo o una rana, buscando a nuestro príncipe o princesa, fueron pasando los días...
No sé que te ha ocurrido a tí, pero una tarde cualquiera me cansé de besar sapos, de buscar príncipes y comencé a mirar y besar personas...

